El Americano
El Americano Tan pronto como recibió esta carta, Newman fue directamente a París y de ahí a Poitiers. El viaje le llevó lejos, hacia el sur; cruzando la verde Touraine y el resplandeciente Loira, llegó a una comarca donde la temprana primavera iba haciéndose cada vez más intensa, pero nunca había emprendido un viaje en el que prestase menos atención a lo que habría llamado el trazado del terreno. Se alojó en una posada de Poitiers, y a la mañana siguiente estuvo conduciendo un par de horas hasta que llegó a la aldea de Fleurières. Pero aquí, aunque estaba absorto, no pudo evitar reparar en lo pintoresco del lugar. Era lo que los franceses llaman un petit bourg; se hallaba en la base de una especie de inmenso montículo en cuya cima se alzaban las ruinas desmoronadas de un castillo feudal. Una buena parte de sus sólidos materiales, así como de los del muro que descendía por la colina para cercar defensivamente las casas apiñadas, había sido absorbida por la propia sustancia de la aldea. La iglesia era, simplemente, la antigua capilla del castillo, y daba sobre un atrio que, a pesar de estar cubierto de hierba, tenía una anchura lo bastante generosa para cederle su rincón más curioso al pequeño cementerio. Aquí, inclinadas sobre la hierba, hasta las mismas lápidas parecían dormir; el paciente recodo de la muralla las sujetaba por un lado, y enfrente, muy lejos de sus tapas musgosas, se extendían las verdes llanuras y las distancias azules. El camino hacia la iglesia, colina arriba, era intransitable para los vehículos. Estaba flanqueado por dos o tres filas de campesinos, que miraban cómo la vieja madame de Bellegarde, agarrada del brazo de su hijo mayor, iba ascendiendo lentamente detrás de los portadores del féretro del otro hijo. Newman prefirió perderse entre las plañideras de la plebe, que murmuraban «Madame la Comtesse» cuando la alta figura del velo negro pasaba frente a ellas. Newman se quedó de pie en la pequeña iglesia sombría mientras tuvo lugar la ceremonia, pero cuando llegó a la funesta tumba se dio la vuelta y se fue caminando colina abajo. Regresó a Poitiers, y ahí pasó dos días en los que la paciencia y la impaciencia se entremezclaron de manera extraña. Al tercer día le envió una nota a madame de Cintré para decirle que iría a verla por la tarde, y de acuerdo con esto volvió a tomar el camino de Fleurières. Dejó su vehículo en la calle de la aldea, junto a la taberna, y obedeció las sencillas instrucciones que le dieron para encontrar el château.