El Americano
El Americano —Está justo ahà detrás —dijo el posadero, y señaló hacia las copas de los árboles de un parque que habÃa tras las casas de enfrente. Newman siguió por la primera encrucijada a la derecha, que estaba bordeada por chozas enmohecidas, y en seguida vio ante sà los tejados picudos de las torres. Avanzó un poco más y se encontró frente a una gran verja de hierro, herrumbrosa y cerrada; aquà hizo una breve pausa y miró a través de los barrotes. El château estaba cerca del camino, cosa que era a la vez su mérito y su defecto, pero ofrecÃa un aspecto impresionante. Newman se enterarÃa más adelante, al leer una guÃa de la provincia de que databa de los tiempos de Enrique IV. A la amplia zona pavimentada que lo precedÃa, a cuyos lados habÃa unas granjas astrosas, le daba una inmensa fachada de ladrillo oscurecido por el tiempo, flanqueada por dos alas bajas que terminaban en un pequeño pabellón de estilo holandés, rematado por un fantástico tejado. Detrás se alzaban dos torres, y tras las torres habÃa un conjunto de olmos y hayas que en esta época apenas tenÃan un ligero verdor.