El Americano
El Americano Pero lo más notable era un ancho rÃo verde que bañaba los cimientos del château. El edificio se erguÃa desde una isla rodeada por el torrente del agua, formándose asà un foso perfecto cruzado por un puente de dos arcos sin barandilla. Las deslustradas paredes de ladrillo, donde despuntaban aquà y allá soberbios salientes rectos, las cúpulas feas y pequeñas de las alas, los profundos ventanales y los largos y empinados pináculos de pizarra musgosa se reflejaban, todos ellos, en las tranquilas aguas. Newman llamó al llegar a la verja, casi asustándose con el tono en que le respondió una gran campana herrumbrosa que estaba sobre su cabeza. Una anciana salió de una caseta y entreabrió el chirriante portalón lo justo para darle paso a Newman, que cruzó el seco patio descubierto y las cuarteadas losetas blancas del paso elevado del foso. A la puerta del château esperó unos instantes, y esto le dio la oportunidad de reparar en que Fleurières no estaba «cuidado» y de reflexionar que se trataba de un lugar de residencia muy melancólico. «Parece —dijo Newman para sus adentros, y reproduzco la comparación por el interés que pueda tener— una penitenciarÃa china». Al fin abrió la puerta un criado al que recordaba haber visto en la Rue de l’Université. Su rostro mortecino se iluminó al ver a nuestro héroe; y es que Newman, por razones indefinibles, gozaba de la confianza de las personas que llevan librea. El lacayo, a través de un gran vestÃbulo principal con una pirámide de vasijas de plantas en el centro y rodeado de puertas acristaladas, le condujo hasta lo que parecÃa ser el salón principal. Newman cruzó el umbral de una habitación de proporciones soberbias, que de entrada le hizo sentirse como un turista acompañado de un libro guÃa y de un cicerone que espera propina. Pero cuando el criado le dejó solo, explicando que se iba a avisar a madame la Comtesse, Newman percibió que el salón contenÃa poca cosa destacable a excepción de un techo oscuro con unas vigas de curiosas tallas, unas cortinas con una minuciosa tapicerÃa anticuada y un oscuro suelo de roble, pulido como un espejo. Esperó unos minutos, paseándose de arriba abajo; pero al cabo de un rato, cuando se estaba dando la vuelta al final de la habitación, vio que madame de Cintré habÃa entrado por una puerta distante. Llevaba un vestido negro, y se quedó de pie mirándole. Como la extensión de la inmensa sala se abrÃa entre ellos, Newman tuvo tiempo de mirarla antes de que se encontrasen en el centro.