El Americano

El Americano

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Newman odiaba ver a un matrimonio en estas condiciones, y estaba convencido de que uno de los dos debía de ser muy infeliz. Sabía que no se trataba de Tristram. La señora Tristram tenía un mirador delante de sus ventanas, donde, en las tardes de junio, gustaba de sentarse, y Newman solía decir con toda franqueza que prefería el balcón al club. Tenía una hilera de macetas de plantas aromáticas, y al final de la ancha calle le permitía a uno ver el Arco del Triunfo, con su borrosa mole de esculturas bajo la luz de las estrellas del verano. En ocasiones Newman mantenía su promesa de seguir al señor Tristram al Occidental al cabo de media hora, y en otras se olvidaba. Su anfitriona le hacía numerosas preguntas sobre sí mismo, pero sobre este tema era un mediocre conversador. No era lo que se dice subjetivo, si bien cuando notaba que el interés era sincero hacía un intento casi heroico de serlo. Le contó un sinfín de cosas que había hecho y le deleitó con anécdotas de la vida del Oeste; ella era de Filadelfia, y al cabo de ocho años en París hablaba de sí misma como de una lánguida mujer del Este. Pero siempre era otro el héroe de los relatos de Newman, y ello no siempre contribuía a su propio lucimiento; además, las emociones de Newman apenas eran objeto de una parca crónica. La señora Tristram tenía un deseo especial de saber si alguna vez había estado enamorado —seria, apasionadamente—, y como las alusiones de Newman no le aportaban satisfacción alguna, terminó preguntándoselo sin mediaciones. Newman vaciló durante un rato, y al cabo dijo: «¡No!». La señora Tristram declaró que estaba encantada de oírlo, pues confirmaba su íntima convicción de que era un hombre sin sentimientos.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker