El Americano
El Americano Acompañó a Newman al gran salón que éste ya conocía, y se retiró para ejecutar sus órdenes. Newman esperó mucho tiempo; al final estuvo a punto de llamar para repetir su petición. Estaba buscando una campanilla a su alrededor cuando entró el marqués, con su madre agarrada del brazo. Se podrá observar que Newman tenía una mente lógica si digo que declaró para sus adentros, de absoluta buena fe y como resultado de las oscuras insinuaciones de Valentin, que sus adversarios parecían tremendamente malvados. «No hay ya ningún error al respecto —se dijo mientras avanzaban—. Son mala gente; se han quitado las máscaras». Ciertamente, madame de Bellegarde y su hijo llevaban en el rostro los síntomas de una perturbación extrema; parecían personas que habían pasado la noche en vela. Enfrentados, además, a una molestia de la que esperaban haberse desembarazado, lo natural no era precisamente que le hiciesen ojitos tiernos a Newman. Se plantó ante ellos, y todas las chispas que pudieron encontrar las incorporaron a las miradas que le asestaron; Newman se sintió como si la puerta de un sepulcro se hubiese abierto de golpe, exhalando la húmeda oscuridad.
—Ya lo ven, he vuelto —dijo—. He venido a intentarlo de nuevo.
—Sería ridículo —dijo monsieur de Bellegarde— fingir que nos alegramos de verle o que no ponemos en duda el buen gusto de su visita.