El Americano

El Americano

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—Es usted una anciana sabia y buena, señora Bread —dijo Newman—. Esperaba poder verla con mis propios hijos en sus brazos. Quizá todavía lo haga —y le tendió la mano. La señora Bread miró por un momento su palma abierta, y después, como fascinada por la novedad del gesto, extendió a su vez sus elegantes dedos. Newman le sostuvo la mano con firmeza y parsimonia, sin dejar de mirarla—. ¿Desea saberlo todo sobre el señor Valentin? —añadió.

—Sería un triste placer, señor.

—Se lo puedo contar todo. ¿Puede usted alejarse de este sitio en algún momento?

—¿Del château, señor? A decir verdad, no lo sé. Nunca lo he intentado.

—Inténtelo, entonces; inténtelo con todas sus fuerzas. Inténtelo esta tarde, al anochecer. Venga a verme a las viejas ruinas que están ahí, sobre la colina, en el patio que hay enfrente de la iglesia. La esperaré allí; tengo algo muy importante que decirle. Una anciana como usted puede hacer lo que le plazca.

La señora Bread se le quedó mirando asombrada, con los labios entreabiertos.

—¿Es de parte del conde, señor? —preguntó.

—De parte del conde… desde su lecho de muerte —dijo Newman.

—Iré, entonces. Por una vez, seré valiente; por él.


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