El Americano
El Americano —Ah, ¿asà que se lo habÃa reservado? —exclamó Newman—. ¡Bien, bien! Y ¿están muy furiosos?
—No están contentos —dijo la señora Bread—. Pero tienen motivos para que les desagrade. Me han dicho que es la cosa más espantosa, señor; de todas las monjas de la cristiandad, las carmelitas son las peores. Se podrÃa decir que en realidad no son humanas, señor; te obligan a renunciar a todo… para siempre. ¡Y pensar que ella está allÃ! Si fuera yo de las que lloran, señor, llorarÃa.
Newman la miró un instante.
—No debemos llorar, señora Bread; debemos actuar. ¡Vaya a avisarlos! —e hizo un ademán para entrar un poco más.
Pero la señora Bread le refrenó con tacto.
—¿Me permite que me tome otra libertad? He sabido que estuvo usted con mi querido señor Valentin en sus últimas horas. ¡Si pudiese usted contarme algo de él! El pobre conde fue mi niño, señor; durante el primer año de su vida apenas estuvo apartado de mis brazos; yo le enseñé a hablar. ¡Y lo bien que hablaba el conde, señor! Siempre le hablaba bien a su pobre y vieja Bread. Cuando creció, siempre se complacÃa en dedicarme alguna palabra amable. ¡Mira que morir de esa manera tan salvaje! Se rumorea que se enfrentó a un comerciante de vinos. ¡No me lo puedo creer, señor! ¿Y sufrió mucho?