El Americano

El Americano

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—Sé, como poco, demasiado, señor.

—Uno nunca puede saber demasiado. La felicito. He venido a ver a madame de Bellegarde y a su hijo —añadió Newman—. ¿Están en casa? Si no, esperaré.

—Mi señora siempre está en casa —replicó la señora Bread—, y el marqués casi siempre está con ella.

—Entonces, dígales, por favor, a cualquiera de ellos, o a ambos, que estoy aquí y que deseo verlos.

La señora Bread titubeó.

—¿Permite que me tome una gran libertad, señor?

—Usted nunca se ha tomado libertades, sino que las ha justificado —dijo Newman con cortesía diplomática.

La señora Bread entornó sus párpados arrugados como si estuviese haciendo una reverencia; pero la reverencia acabó ahí: la ocasión era demasiado solemne.

—¿Ha venido usted a implorarles de nuevo, señor? Quizá no sepa usted esto: que madame de Cintré regresó esta mañana a París.

—¡Ah, se ha ido! —y Newman, soltando un quejido, dio un golpe en el suelo con su bastón.

—Se ha marchado directamente al convento… las carmelitas, así lo llaman. Veo que está usted al tanto, señor. Mi señora y el marqués se lo han tomado muy mal. Hasta anoche no se lo dijo.


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