El Americano

El Americano

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El guardián de la verja le dejó pasar por la misma grieta inflexible de la otra vez, y cruzó el patio y el pequeño puente rústico del foso. La puerta se abrió antes de que llegase, y, como si quisiera poner en fuga su clemencia con la insinuación de una oportunidad más enjundiosa, la señora Bread estaba allí esperándole. Su rostro, como de costumbre, tenía un aspecto tan irremediablemente monótono como el de la arena de una playa alisada por la marea, y el negro de sus negras prendas parecía más intenso. Newman ya había advertido que su extraña inexpresividad podía ser un vehículo para las emociones, y no le sorprendió la sorda viveza con que le susurró:

—Pensé que volvería a intentarlo, señor. Estaba vigilando por si aparecía.

—Me alegro de verla —dijo Newman—; creo que usted es mi amiga.

La señora Bread le lanzó una mirada opaca.

—Le deseo lo mejor, señor; pero ya es inútil desear.

—¿Sabe, entonces, cómo me han tratado?

—Ah, señor —dijo secamente la señora Bread—, lo sé todo.

Newman vaciló un instante.

—¿Todo?

La señora Bread le dirigió una mirada un poco más transparente.


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