El Americano

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Newman, como había hecho antes, dejó su vehículo en la posada y caminó el pequeño trecho que le separaba del château. Sin embargo, cuando llegó a la verja le embargó una extraña sensación: una sensación que, por raro que parezca, manaba de su insondable buen carácter. Se detuvo allí un rato, mirando a través de los barrotes de la gran fachada teñida por el tiempo y preguntándose cuál sería el crimen que había favorecido aquella casa oscura y vieja, con su florido nombre. Había dado pie, por encima de todo, a tiranías y sufrimientos de sobra, se dijo Newman; era una vivienda de aspecto maligno. Entonces, súbitamente, le sobrevino la siguiente reflexión: ¡iba a hurgar en un horrible basurero de iniquidad! La actitud del inquisidor le mostró su cara innoble, y en ese mismo movimiento Newman declaró que los Bellegarde habrían de tener otra oportunidad. Una vez más, apelaría directamente a su sentido de la justicia y no a su temor; y, en caso de que fuesen accesibles al razonamiento, no tenía por qué saber nada peor sobre ellos de lo que ya sabía. Eso ya era bastante malo.






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