El Americano

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Pasaron las veinticuatro horas, y a la mañana siguiente Newman se levantó de un salto con la determinación de regresar a Fleurières y exigir otra entrevista con madame de Bellegarde y su hijo. No perdió el tiempo en llevarla a la práctica. Mientras avanzaba velozmente por el excelente camino en la pequeña calesa que le habían proporcionado en la posada de Poitiers, extrajo, por así decirlo, del segurísimo lugar de su cabeza adonde la había confiado la última información que le dio el pobre Valentin. Valentin le había dicho que podía hacer algo con ella, y a Newman le pareció que estaría bien tenerla a mano. Por supuesto, no era ésta la primera vez, en los últimos tiempos, que le había prestado atención. Era información en bruto, era oscura y desconcertante; pero Newman no se sentía ni indefenso ni asustado. Era evidente que Valentin había querido que estuviese en posesión de un instrumento poderoso, aunque no podía decirse que le hubiese dejado el asidero bien al alcance. Pero si en realidad no le había contado el secreto, al menos le había dado la pista para acceder a él… una pista cuyo otro cabo sostenía esa extraña señora Bread. A Newman la señora Bread siempre le había dado la impresión de conocer secretos; y como todo indicaba que gozaba de su estima, sospechaba que quizá ella se viera inducida a compartir con él sus conocimientos. Siempre y cuando sólo hubiese que tratar con la señora Bread, se sentía cómodo. En cuanto a qué había que descubrir, sólo albergaba un temor: que no fuese lo bastante terrible. Luego, cuando se le volvió a aparecer la imagen de la marquesa y su hijo unidos, la mano de la anciana en el brazo de Urbain y la misma fijeza fría y hosca en los ojos de ambos, Newman exclamó para sus adentros que el temor era infundado. ¡Como poco, en ese secreto había sangre! Llegó a Fleurières casi en un estado de euforia; se había convencido de que, lógicamente, ante la amenaza del desenmascaramiento se desmoronarían como, según la formulación mental de Newman, un par de cubos atados a una cuerda que se desenrollase pozo abajo. Recordó que, en efecto, antes tenía que atrapar su liebre; primero, descubrir qué había que desenmascarar; pero después, ¿por qué no iba a ser su felicidad prácticamente tan buena como antes? Madre e hijo soltarían con terror a su adorable víctima y se esconderían, y madame de Cintré, al quedarse sola, sin duda regresaría a él. Con sólo darle una oportunidad, subiría a la superficie, volvería a la luz. ¿Cómo iba a dejar de darse cuenta de que la casa de Newman sería, con mucho, el más cómodo de los conventos?


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