El Americano
El Americano —Nosotros contemplamos la cuestión de otra manera, ¿sabe? A eso lo llamamos condiciones muy duras —dijo Urbain de Bellegarde. Se habÃan quedado de pie, rÃgidos, en medio de la habitación—. Creo que mi madre le dirá que prefiere que su hija se convierta en la hermana Catherine antes que en la señora Newman.
Pero la vieja dama, con la serenidad que otorga el poder supremo, dejó que su hijo hiciese los epigramas por ella. Se limitó a sonreÃr, casi con dulzura, mientras sacudÃa la cabeza repitiendo:
—¡Una sola vez, señor Newman, una sola!
Nada de lo que Newman habÃa visto u oÃdo hasta entonces le habÃa producido tanta sensación de dureza marmórea como este ademán y el tono que lo acompañó.
—¿No hay nada que pudiese obligarlos? —preguntó—. ¿Saben de algo que los pudiese forzar?
—Ese lenguaje, señor —dijo el marqués—, dirigido a personas en un momento de duelo y pesadumbre, está más allá de toda calificación.