El Americano
El Americano —En la mayorÃa de los casos —respondió Newman—, su objeción habrÃa tenido algún peso, aun admitiendo que las actuales intenciones de madame de Cintré convierten el tiempo en oro. Pero he pensado en eso que dice usted, y me he allegado hoy hasta aquà sin ningún escrúpulo simplemente porque a usted y a su hermano los considero dos personas muy distintas. No veo ninguna relación entre ustedes. Su hermano se avergonzaba de usted. Herido y moribundo, el pobre muchacho me pidió disculpas por la conducta de usted. Me pidió disculpas por la conducta de su madre.
Por un momento, el efecto de estas palabras fue como si Newman les hubiese asestado un golpe fÃsico. Un rubor veloz se adueñó de los rostros de madame de Bellegarde y de su hijo, y cruzaron una mirada como un destello de acero. Urbain articuló dos palabras que Newman tan sólo oyó a medias, pero cuyo sentido le llegó, por asà decirlo, a través del eco del sonido «Le misérable!».
—Poco respeto demuestra usted a los vivos —dijo madame de Bellegarde—, pero al menos respete a los muertos. No profane, no insulte, la memoria de mi hijo inocente.
—Digo la pura verdad —declaró Newman—, y la digo con una intención. Voy a repetirlo claramente. Su hijo estaba absolutamente disgustado: su hijo pidió disculpas.