El Americano

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Urbain de Bellegarde estaba frunciendo el ceño con gesto de mal agüero, y Newman supuso que se lo estaba dedicando a la odiosa imagen del pobre Valentin. Cogido por sorpresa, su escaso afecto a su hermano le había llevado a hacer una concesión pasajera al desdoro. Pero ni por un instante arrió su madre las velas.

—Está usted tremendamente equivocado, señor —dijo—. A veces mi hijo era frívolo, pero jamás indecente. Murió fiel a su apellido.

—Usted, simplemente, le entendió mal —dijo el marqués, empezando a recuperar fuerzas—. Afirma usted lo imposible.

—Ah, no me importan las disculpas de Valentin —dijo Newman—. Me causaron mucho más dolor que satisfacción. Este asunto atroz no fue culpa suya; nunca me hirió, ni a mí ni a nadie; era el honor en persona. Pero reflejan cómo se lo tomó.

—Si desea demostrar que en sus últimos momentos mi pobre hermano había perdido el juicio, sólo podemos decir que en tan tristes circunstancias nada era más posible. Pero limítese usted a eso.

—Estaba en su sano juicio —dijo Newman con una terquedad apacible pero peligrosa—; jamás le he visto tan lúcido e inteligente. Fue terrible ver cómo un tipo tan brillante y capaz moría de una muerte así. Ya saben lo mucho que apreciaba a su hermano. Y aún tengo más pruebas de su cordura —concluyó Newman.


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