El Americano
El Americano —Eso mismo siento yo por usted, pero por mor de la cortesÃa no lo digo —replicó Newman—. Es curioso que sienta tantos deseos de ser su cuñado, pero no puedo renunciar a ello. Déjeme intentarlo una vez más —e hizo una breve pausa—. Tienen ustedes un secreto… ocultan un acto vergonzoso —monsieur de Bellegarde siguió mirándole con dureza, pero Newman no pudo distinguir si sus ojos delataban algo, tan extraña era siempre su mirada. Newman volvió a detenerse, y luego siguió—. Usted y su madre han cometido un crimen —y en esta ocasión los ojos de monsieur de Bellegarde sà que cambiaron; parecÃa que titilaban como las velas cuando se las sopla. Newman se daba cuenta de que estaba profundamente alarmado, pero habÃa algo admirable en su dominio.
—Continúe —dijo monsieur de Bellegarde.
Newman alzó un dedo y lo sacudió un poco en el aire.
—¿He de continuar? Está usted temblando.
—Por favor, dÃgame, ¿dónde ha obtenido esta interesante información? —preguntó con mucha suavidad monsieur de Bellegarde.