El Americano
El Americano —Seré rigurosamente exacto —dijo Newman—. No voy a fingir que sé más de lo que sé. Hoy por hoy, no sé más. Han hecho ustedes algo que deben ocultar, algo que los condenarÃa si se supiese, algo que deshonrarÃa el apellido del que tan orgullosos están. No sé de qué se trata, pero puedo descubrirlo. Continúe con su proceder actual y lo descubriré. Cámbielo, deje que su hermana se marche en paz, y no los molestaré. ¿Trato hecho?
El marqués casi consiguió parecer tranquilo; en su gallardo semblante, el hielo sólo podÃa derretirse mediante un proceso gradual. Pero, al parecer, el moderado silabeo del razonamiento de Newman iba ejerciendo una presión cada vez mayor, hasta que al fin apartó la vista. Se quedó reflexionando un rato.
—Mi hermano se lo contó —dijo, alzando los ojos.
Newman vaciló un instante.
—SÃ, su hermano me lo contó.
El marqués esbozó una apuesta sonrisa.
—¿No le he dicho que no estaba en su sano juicio?
—No estaba en su sano juicio si no llego a descubrirlo. Lo estaba, y mucho, si lo descubro.
Monsieur de Bellegarde se encogió de hombros.
—Bueno, señor, descúbralo o no, como le plazca.