El Americano
El Americano —¿No le asusto? —insistió Newman.
—Juzgue usted mismo.
—No, eso debe juzgarlo usted, sin prisas. Piénselo bien, examÃnese de arriba abajo. Le daré una hora o dos. No le puedo dar más, porque ¿cómo sabemos a qué ritmo estarán convirtiendo a madame de Cintré en una monja? Discútalo con su madre; deje que ella misma juzgue si está asustada. No creo que se asuste con tanta facilidad, en general, como usted; pero ya lo verá. Me iré a la aldea y esperaré en la posada, y le ruego que me lo haga saber lo antes posible. Pongamos a las tres de la tarde. Bastará con un simple sà o no sobre papel. Sólo que, sabe usted, en caso de que sea un sà espero que esta vez se ciña al trato —y con estas palabras Newman abrió la puerta y emprendió la salida. El marqués no se movió, y Newman, mientras se retiraba, le echó otro vistazo. Entonces se dio la vuelta del todo y salió de la casa.