El Americano
El Americano Newman se metió la carta en el bolsillo y siguió paseándose de un extremo a otro de la sala de la posada. Durante la última semana, casi todo su tiempo lo había dedicado a pasearse de un lado a otro. Siguió recorriendo el espacio de la pequeña salle de la posada Armes de France hasta que el día empezó a declinar, momento en el que salió a cumplir su cita con la señora Bread. Fue fácil hallar la senda que subía colina arriba hasta las ruinas, y en poco tiempo la había recorrido hasta llegar a la cima. Pasó por debajo del recio arco del muro del castillo, y buscó entre el temprano crepúsculo a una anciana de negro. El patio del castillo estaba vacío, pero la puerta de la iglesia estaba abierta. Newman entró en la pequeña nave y, obviamente, se encontró con una penumbra más intensa que la del exterior. Aun así, un par de cirios parpadeaban sobre el altar y a duras penas le permitieron divisar una figura que estaba sentada junto a uno de los pilares. Una inspección más cercana le ayudó a reconocer a la señora Bread, a pesar de que iba vestida con inusitado esplendor. Llevaba un gran sombrero de seda negra con impresionantes lazos de crespón y un viejo vestido negro de satén que la arrebujaba con pliegues vagamente lustrosos. A su juicio, lo indicado para una ocasión así era presentarse con su atuendo más ceremonioso. Había estado sentada mirando al suelo, pero cuando Newman pasó por delante alzó la vista y se puso en pie.