El Americano

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—¿Es usted católica, señora Bread? —preguntó él.

—No, señor; soy una buena anglicana, de la Low Church[31] —respondió—. Pero pensé que estaría más segura aquí dentro que fuera. Hasta ahora jamás había salido de noche, señor.

—Estaremos más seguros donde nadie pueda oírnos —dijo Newman, y mostrando el camino de regreso al patio del castillo, siguió después por una senda contigua a la iglesia, que estaba seguro de que desembocaba en otra zona de las ruinas. No se engañaba. Se perdía por la cima de la colina y terminaba ante un trozo de pared agujereada por una tosca abertura que en tiempos había sido una puerta. Newman cruzó la abertura y se encontró en un rincón especialmente favorable para una conversación tranquila, como con toda probabilidad más de una pareja ferviente, unida de un modo distinto al de nuestros amigos, ya habría comprobado. La colina presentaba un declive abrupto, y sobre el resto de su cima había dos o tres fragmentos dispersos de piedra. Abajo, por la llanura, se iba extendiendo el crepúsculo, a través del cual, en las inmediaciones, resplandecían dos o tres luces del château. La señora Bread siguió lentamente entre frufrús a su guía, y Newman, después de asegurarse de que una de las piedras caídas estaba firme, le sugirió que se sentase encima. Obedeció con cautela, y Newman se sentó en otra, cerca de ella.


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