El Americano
El Americano —Ah, la hicieron sentirse malvada —dijo lentamente Newman, repitiéndolo después—. La hicieron sentirse malvada… la hicieron sentirse malvada —en esos momentos, las palabras se le antojaron una fiel descripción de lo que es una inventiva infernal.
—Si renunció es por lo buena que es… ¡pobre dama, tan dulce! —añadió la señora Bread.
—Pero fue más buena con ellos que conmigo —dijo Newman.
—TenÃa miedo —dijo la señora Bread, en confianza—; siempre ha tenido miedo, o al menos durante mucho tiempo. El verdadero problema era ése, señor. Era como un melocotón terso, por decirlo asÃ, con una sola mota. TenÃa una manchita de tristeza. Usted la empujó a la luz del sol, señor, y casi se borró. Entonces ellos volvieron a arrastrarla a la sombra y en un tris se empezó a extender. Antes de que pudiésemos darnos cuenta, madame de Cintré se habÃa ido. Era una criatura delicada.
Este singular testimonio de la delicadeza de madame de Cintré, a pesar de todo lo que tenÃa de singular, reavivó el dolor de la herida de Newman.
—Ya veo —dijo al cabo—; sabÃa algo malo sobre su madre.
—No, señor, no sabÃa nada —dijo la señora Bread, manteniendo la cabeza muy erguida y posando los ojos en el débil titileo de las ventanas del château.