El Americano

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—No me creo —repuso la señora Tristram— que nunca se enfade. Un hombre debe enfadarse a veces, y no es usted ni lo bastante bueno ni lo bastante malo para guardar siempre la calma.

—Quizá la pierda una vez cada cinco años.

—Está llegando la hora, entonces —dijo su anfitriona—. Antes de que hayan pasado seis meses desde que le conozco, le veré con un buen ataque de ira.

—¿Tiene usted intención de provocármelo?

—No me importaría. Se toma usted las cosas demasiado a la ligera. Me exaspera. Y además es demasiado feliz. Posee algo que debe de ser la cosa más agradable del mundo: la certeza de que ha comprado su placer por adelantado y de que ya lo tiene pagado. No tiene en perspectiva ni un solo día de ajuste de cuentas. Sus ajustes de cuentas han terminado.

—Bueno, supongo que soy feliz —dijo Newman, meditabundo.

—Ha sido usted odiosamente afortunado.

—Afortunado en el cobre —dijo Newman—, tan sólo a medias en los ferrocarriles y un fiasco irremediable en el petróleo.

—Es muy desagradable enterarse de cómo han ganado su dinero los americanos. Ahora tiene el mundo ante sí. Sólo tiene que disfrutar.


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