El Americano
El Americano —Bueno, supongo que soy un hombre muy acomodado —dijo Newman—. Pero estoy harto de que me lo echen en cara. Además, hay varias desventajas. No soy nada intelectual.
—Nadie espera eso de usted —respondió la señora Tristram. Y a continuación—: ¡Además, sà que lo es!
—Bueno, mi intención es pasármelo bien, lo sea o no —dijo Newman—. No soy culto, ni siquiera me he educado; no sé nada de historia, ni de arte, ni de idiomas extranjeros ni de ninguna otra cuestión erudita. Pero tampoco soy un necio, y me encargaré de haber aprendido algo sobre Europa para cuando haya terminado con ella. Siento algo aquÃ, debajo de las costillas —añadió a continuación—, que no puedo explicar… una especie de anhelo intenso, un deseo de estirarme y de contraerme.
—¡Bravo! —exclamó la señora Tristram—, eso está muy bien. Es usted el Gran Bárbaro del Oeste, que con toda su inocencia y su poderÃo da un paso al frente y se queda un rato contemplando este pobre y estéril Viejo Mundo para abatirse después precipitadamente sobre él.
—Venga, venga —dijo Newman—. Disto mucho de ser un bárbaro. Soy justo lo contrario. He visto bárbaros; sé cómo son.