El Americano

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—No estoy diciendo que sea usted un jefe comanche, ni que se vista con capa y plumas. Hay pequeñas diferencias.

—Soy un hombre muy civilizado —dijo Newman—. Eso lo mantengo. Si no me cree, me gustaría demostrárselo.

La señora Tristram permaneció un rato en silencio.

—Me gustaría hacer que me lo demostrase —dijo al fin—. Me gustaría ponerle en una situación difícil.

—Por favor, hágalo.

—¡Eso suena un tanto presuntuoso! —replicó su compañera.

—Ah —dijo Newman—, es que tengo muy buena opinión de mí mismo.

—Ojalá fuera yo capaz de ponerla a prueba. Deme tiempo, y lo haré —y después la señora Tristram guardó silencio durante un buen rato, como si estuviese intentando mantener su compromiso. Esa noche no pareció conseguirlo, pero mientras Newman se levantaba para despedirse, la señora Tristram pasó, como era habitual en ella, de un tono de implacable burla a otro de simpatía casi trémula—. Hablando en serio —añadió—, creo en usted, señor Newman. Halaga usted mi patriotismo.

—¿Su patriotismo? —preguntó Christopher.


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