El Americano
El Americano —Tres dÃas después estaba en la tumba —dijo la señora Bread sentenciosamente—. Al cabo de un rato me fui a la parte delantera de la casa y miré al patio, y ahÃ, al poco tiempo, vi a monsieur Urbain que entraba cabalgando solo. Esperé una pizca, para oÃrle subir con su madre, pero se quedaron abajo y volvà a la habitación del marqués. Fui hasta la cama y le acerqué la luz, pero no sé por qué no dejarÃa caer la vela. Los ojos del marqués estaban abiertos… ¡de par en par!… me estaban mirando fijamente. Me arrodillé a su lado y le cogà las manos, y le rogué que me dijese, por lo más sagrado, si estaba vivo o muerto. Siguió mirándome durante un rato largo, y de pronto me hizo una seña para que acercase el oÃdo: «Estoy muerto —dijo—, estoy muerto. La marquesa me ha matado». Yo estaba temblando toda entera. No le entendÃa. No sabÃa qué le habÃa ocurrido. ImagÃnese, si puede, que parecÃa a la vez un hombre y un cadáver. «Pero ahora se pondrá bien, señor», dije. Y entonces volvió a susurrar, muy débilmente: «No me pondrÃa bien ni por todo el oro del mundo. No volverÃa a ser el marido de esa mujer». Y luego dijo más; dijo que ella le habÃa asesinado. Le pregunté que qué le habÃa hecho, pero se limitó a responder: «Asesinato, asesinato. Y matará a mi hija —dijo—; a mi pobre niña desgraciada». Y me suplicó que lo impidiese, y entonces dijo que se estaba muriendo, que estaba muerto. Yo tenÃa miedo de moverme o de dejarle solo; también yo estaba casi muerta. Súbitamente, me pidió que cogiera un lápiz y escribiese por él; y entonces tuve que decirle que no sabÃa usar un lápiz. Me pidió que le mantuviese erguido en la cama mientras él escribÃa, y le dije que él nunca serÃa capaz de hacer tal cosa. Pero parecÃa sumido en una especie de terror que le daba fuerzas. Encontré un lápiz en la habitación, y una hoja de papel y un libro; puse el papel sobre el libro, el lápiz en su mano y le acerqué la vela. Todo esto le parecerá muy raro, señor; y, en efecto, era muy raro. Lo más raro de todo fue que yo creÃa que se estaba muriendo, y que estaba ansiosa de ayudarle a escribir. Me senté sobre la cama y le rodeé con el brazo para sostenerle. Me sentÃa muy fuerte; creo que habrÃa sido capaz de levantarle y de cargar con él. Era asombroso que pudiese escribir, pero escribió: con una caligrafÃa grande y rasposa. Casi cubrió una cara del papel. Se me antojó una eternidad; supongo que serÃan tres o cuatro minutos. Estuvo soltando terribles quejidos todo el rato. Entonces dijo que habÃa terminado; le recosté sobre los almohadones y me dio el papel, diciéndome que lo doblase y que lo ocultase, y que se lo diese a quienes pudiesen actuar en consecuencia. «¿A quiénes se refiere? —pregunté—. ¿Quiénes son los que actuarán en consecuencia?». Pero dio un gemido por única respuesta; la debilidad le impedÃa hablar. A los pocos minutos me dijo que fuese a mirar la botella que habÃa sobre la chimenea. SabÃa de qué botella hablaba: el mejunje blanco que le hacÃa bien al estómago. Fui y miré, pero estaba vacÃa. Cuando volvÃ, sus ojos estaban abiertos y tenÃa la mirada clavada sobre mÃ, pero en seguida los cerró y no dijo más. Escondà el papel en mi vestido; no miré lo que estaba escrito, a pesar de que sé leer muy bien, señor, por mucho que no sepa escribir. Me senté junto a la cama, pero pasó cerca de media hora antes de que entrasen milady y el conde. El marqués tenÃa el mismo aspecto que cuando le dejaron, y jamás mencioné que hubiese estado de otro modo. El señor Urbain dijo que habÃan llamado al doctor para asistir a una parturienta, pero que habÃa prometido ponerse en camino a Fleurières inmediatamente. A la media hora llegó, y tan pronto como hubo examinado al marqués dijo que habÃamos tenido una falsa alarma. El pobre caballero estaba muy mal, pero seguÃa vivo. Me fijé en milady y su hijo mientras decÃa esto, para ver si cruzaban miradas, y me veo obligada a admitir que no lo hicieron. El médico dijo que no habÃa ningún motivo para que se muriese; habÃa estado evolucionando muy bien. Y entonces quiso saber cómo habÃa sufrido un bajón tan repentino, con lo vigoroso que le habÃa visto al irse. Milady volvió a contar su pequeña historia (lo que nos habÃa contado a Urbain y a mÃ), y el médico la miró y no dijo nada. Se quedó todo el dÃa siguiente en el château, sin apenas separarse del marqués. Yo estuve allà todo el rato. Mademoiselle y el señor Valentin vinieron a ver a su padre, pero él ni se inmutó. Era un estupor extraño, mortÃfero. Mi señora siempre estaba cerca; su rostro estaba tan blanco como el de su marido, y tenÃa unos aires muy altaneros, como los que le habÃa visto cuando alguien desobedecÃa sus órdenes o sus deseos. Era como si el pobre marqués le hubiese desafiado, y la manera que tuvo ella de tomárselo me hizo temerla. El boticario de Poitiers sacó adelante al marqués durante el dÃa, y estuvimos esperando al otro médico de ParÃs, ese que, como ya le he dicho, habÃa estado quedándose en Fleurières. Le habÃan mandado un telegrama por la mañana temprano, y al atardecer llegó. Estuvo fuera hablando un poco con el médico de Poitiers, y luego entraron juntos a ver al marqués. Yo estaba con él, asà como el señor Urbain. Mi señora habÃa ido a recibir al médico de ParÃs, y no volvió a entrar en la habitación con él. El médico estaba sentado junto al marqués… aún puedo verle, con su mano sobre la muñeca del marqués, y el señor Urbain mirándole con una pequeña lupa en la mano. «Estoy seguro de que está mejor —dijo el pequeño médico de Poitiers—; estoy seguro de que volverá en sû. A los pocos momentos de decirlo, el marqués abrió los ojos como si se estuviera despertando y empezó a mirarnos de uno en uno. Noté que me miraba con mucha suavidad, como dirÃa usted. En ese instante entró milady de puntillas; se acercó hasta la cama y metió la cabeza entre el conde y yo. El marqués la vio y soltó un quejido largo, portentoso. Dijo algo que no pudimos comprender, y pareció que sufrÃa una especie de espasmo. Todo él tembló; después cerró los ojos y el médico se puso en pie de un salto y agarró a milady. La retuvo un momento, con cierta rudeza. ¡El marqués estaba más muerto que muerto! Esta vez, los que estaban allà lo sabÃan.