El Americano
El Americano —Ah, venga —dijo Newman con tono casi acariciador—, no se ponga incómoda. Ahora es el momento de sentirse animada, ¿sabe?
Ella empezó a hablar de nuevo con voz temblorosa.
—Creo que serÃa más respetable si pudiera… si pudiera… —y su voz tembló hasta detenerse.
—¿Si pudiera prescindir de este tipo de cosas por completo? —dijo afablemente Newman en un intento de anticipar sus palabras, que se imaginaba que podrÃan indicar su deseo de retirarse del servicio.
—¡Si pudiera prescindir de todo, señor! Lo único que pedirÃa serÃa un entierro protestante decente.
—¡Entierro! —exclamó Newman, estallando en una risotada—. Vaya, enterrarla a usted ahora serÃa un triste caso de extravagancia. Los únicos que tienen que enterrarse para volverse respetables son los granujas. La gente honrada como usted y como yo puede durar hasta el fin de sus dÃas… y vivir juntos. ¡Venga! ¿Ha traÃdo su equipaje?
—Mi baúl está cerrado y encordelado, pero aún no he hablado con milady.
—Hable con ella, pues, y termine con este asunto. ¡Ya quisiera yo tener su oportunidad! —exclamó Newman.