El Americano

El Americano

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—¿Olvidándose de su sitio? —exclamó Newman—. Vaya, lo está usted recordando. Éste es su sitio, ¿sabe? Ya está usted a mi servicio; sus honorarios, como ama de llaves, empezaron hace dos semanas. ¡Puedo asegurarle que mi casa necesita cuidados! ¿Por qué no se quita el sombrero y se queda?

—¿Quitarme el sombrero? —dijo la señora Bread, que por timidez se lo tomó literalmente—. ¡Ay, señor, no tengo aquí la cofia! Y, con su venia, señor, no podría llevar la casa con mi mejor vestido.

—No se preocupe por su vestido —dijo Newman jovialmente—. Pasará a tener un vestido mejor que ese que lleva.

La señora Bread se le quedó mirando en actitud solemne y después estiró las manos sobre su deslustrada falda de satén, como si el aspecto peligroso de su situación se estuviese empezando a definir.

—Ay, señor, tengo aprecio a mi propia ropa —murmuró.

—Espero que haya dejado a esa gente malvada, en cualquier caso —dijo Newman.

—¡En fin, señor, aquí estoy! —dijo la señora Bread—. Eso es lo único que le puedo decir. Aquí estoy, sentada, yo, la pobre Catherine Bread. Es un lugar extraño para mí. No me reconozco; jamás supuse que fuera tan valiente. Pero, de hecho, señor, he ido todo lo lejos que me pueden llevar mis propias fuerzas.


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