El Americano
El Americano Newman se levantó, expectante, y a los pocos momentos columbró en el umbral a la benemérita mujer con la que había conversado a tan buen efecto en la cumbre estrellada de Fleurières. La señora Bread se había atildado para esta visita igual que para su expedición anterior. A Newman le llamó la atención su aspecto distinguido. La lámpara no estaba encendida, y, como el rostro alargado y serio de la señora Bread le contemplaba a través de la leve penumbra que proyectaba la sombra de su amplio sombrero, Newman sintió la incongruencia de que tal persona se presentase a sí misma como una criada. La saludó con enorme cordialidad, y le rogó que entrase a sentarse y que se pusiera cómoda. Había algo que tanto podía tocar los resortes de la hilaridad como los de la melancolía en el añejo pudor con que la señora Bread intentó cumplir estas instrucciones. No estaba jugando a parecer turbada, cosa que, sencillamente, habría sido ridícula; se estaba esforzando al máximo para comportarse como una persona tan humilde que hasta el bochorno habría resultado pretencioso en ella; pero, evidentemente, jamás había ni siquiera soñado que estuviese en su horóscopo hacerle una visita, al caer la noche, a un amigable caballero soltero que vivía en unas habitaciones de aspecto teatral en uno de los bulevares nuevos.
—Espero sinceramente no estar olvidándome de cuál es mi sitio, señor —murmuró.