El Americano
El Americano —Es lo que llaman la regla de la casa… o de la orden, creo —dijo la señora Bread—. No hay ninguna regla tan estricta como la de las carmelitas. Las mujeres malas de los reformatorios son damas excelentes si se las compara con ellas. Visten viejas túnicas marrones (eso me dijo la femme de chambre) que nadie usarÃa ni para manta de caballo. ¡Con lo que le gustaban a la pobre condesa los vestidos de buen tacto; se negaba a llevar nada almidonado! Duermen sobre el suelo —continuó la señora Bread—; no valen más, no valen más… —y titubeó en busca de una comparación— no valen más que la esposa de un calderero remendón. Renuncian a todo, hasta al nombre mismo con que sus pobres y viejas nodrizas las llamaban. Renuncian a padre y madre, hermano y hermana… por no hablar de otras personas —añadió con delicadeza la señora Bread—. Llevan un sudario bajo las túnicas marrones y una cuerda atada a la cintura, y en las noches de invierno se levantan y van a lugares gélidos para rezarle a la Virgen MarÃa. ¡La Virgen MarÃa es una señora exigente!
La señora Bread estaba sentada, insistiendo en estos terribles datos y sin soltar una sola lágrima, pálida, con las manos cruzadas sobre su regazo de satén. Newman soltó un gemido melancólico y se dejó caer hacia adelante, apoyando la cabeza en las manos. Hubo un largo silencio, tan sólo roto por el tic-tac del gran reloj dorado que estaba sobre la chimenea.