El Americano
El Americano —¿Dónde está ese lugar… dónde está el convento? —preguntó al fin Newman, elevando la vista.
—Hay dos casas —dijo la señora Bread—. Lo averigüé; pensé que le gustarÃa saberlo… aunque es un pobre consuelo, creo. Una está en la Avenue de Messine; se han enterado de que madame de Cintré está allÃ. La otra está en la Rue de l’Enfer[32]. Es un nombre terrible; supongo que sabe usted lo que significa.
Newman se puso en pie y caminó hasta el otro extremo de la larga habitación. Cuando volvió, la señora Bread se habÃa levantado, y estaba junto al fuego con las manos entrelazadas.
—DÃgame una cosa —dijo él—. ¿Puedo acercarme a ella… aunque no la vea? ¿Puedo ver a través de un enrejado, o de algo similar, el sitio donde se encuentra?
Se dice que todas las mujeres aman a un hombre que ama, y la sensación que tenÃa la señora Bread de que habÃa una armonÃa preestablecida que mantenÃa a los criados en su «sitio», constantes como los planetas en sus órbitas (y no es que la señora Bread se hubiese comparado nunca de manera consciente con un planeta), apenas sirvió para mitigar la melancolÃa maternal con que ladeó la cabeza y contempló a su nuevo patrón. Es probable que en ese momento se sintiese como si, cuarenta años antes, también a él le hubiese tenido entre sus brazos.