El Americano
El Americano —Eso no le ayudarÃa nada, señor. Tan sólo harÃa que pareciese que está aún más lejos.
—Sea como sea, quiero ir ahà —dijo Newman—. ¿Avenue de Messine, dice usted? Y ¿cómo dice que se llaman?
—Carmelitas —dijo la señora Bread.
—Lo recordaré.
La señora Bread titubeó un instante, y después siguió diciendo:
—Es mi deber decirle esto, señor. El convento tiene una capilla, y los domingos admiten a algunas personas a la misa. No se ve a las pobres criaturas que están encerradas ahà arriba, pero me han dicho que se las puede oÃr cantar. ¡Me asombra que tengan ánimos para cantar! Algún domingo haré acopio de valor e iré. Me da la impresión de que reconocerÃa su voz entre cincuenta.
Newman miró a su visitante con enorme gratitud; después le tendió la mano y le estrechó la suya.
—Gracias —dijo—. Si cualquiera puede entrar, lo haré.
Un momento después, la señora Bread propuso, con deferencia, retirarse, pero Newman la detuvo y le puso una vela encendida en la mano.