El Americano
El Americano —Ahà hay media docena de habitaciones que no utilizo —dijo, señalando por una puerta abierta—. Vaya a verlas y escoja. Puede usted vivir en la que más le guste.
La señora Bread reculó en principio ante esta desconcertante oportunidad; pero al fin, cediendo al empujón suave y tranquilizador de Newman, se perdió por la penumbra con su trémulo cirio. Se ausentó un cuarto de hora, durante el cual Newman estuvo paseándose de arriba abajo, parándose de cuando en cuando ante la ventana para mirar las luces del bulevar y reemprendiendo después su paseo. Todo indicaba que el disfrute de la señora Bread por sus investigaciones iba aumentando a medida que avanzaba, pero al fin reapareció y depositó la palmatoria sobre la chimenea.
—Bueno, ¿ya ha escogido alguna? —preguntó Newman.
—¿Una habitación, señor? Son todas demasiado elegantes para un viejo cuerpo deslucido como el mÃo. No hay ni una sola que no tenga algo de doradura.
—Sólo es oropel, señora Bread —dijo Newman—. Si se queda ahà un rato, acabará descascarillándose solo —y esbozó una sonrisa triste.