El Americano

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—¡Ah, señor, ya hay demasiadas cosas que se están descascarillando! —replicó la señora Bread, sacudiendo la cabeza—. Ya que estaba ahí, se me ocurrió echar un vistazo. No creo que usted lo sepa, señor. Los rincones están espantosos. Realmente, necesita una ama de llaves, de eso no hay duda; necesita una inglesa pulcra a la que no se le caigan los anillos por coger una escoba.

Newman le aseguró que sospechaba, aunque no los hubiese calculado, sus desmanes domésticos, y que enmendarlos era una misión digna de sus capacidades. La señora Bread volvió a sostener en alto la palmatoria y se fijó en el salón con miradas compasivas; entonces notificó que aceptaba la misión, y que su carácter sagrado la sostendría en su ruptura con madame de Bellegarde. Con estas palabras, hizo una reverencia y se marchó.

Regresó al día siguiente con sus bienes terrenales, y cuando Newman estaba entrando en su sala de estar se la encontró doblada sobre sus viejas rodillas frente a un diván, cosiendo un fleco suelto. Le preguntó que cómo había ido su despedida de su antigua señora, y ella dijo que había resultado ser más fácil de lo que había temido.

—Estuve perfectamente correcta, y es que el Señor me ayudó a recordar que una mujer buena no tiene por qué temblar ante una mala.


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