El Americano

El Americano

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—Me alegro, entonces, de no haber entrado con madame de Bellegarde y mi marido. Ha debido de verlos, ¿no? ¿Ha sido un encuentro caluroso? ¿Ha oído los cánticos? Dicen que son como las lamentaciones de los condenados. Yo no he querido entrar: ya sabe uno con certeza que eso lo va a oír bastante pronto. Pobre Claire… ¡arrebujada en un sudario blanco y una enorme túnica marrón! Ése es el hábito de las carmelitas, sabe usted. Bueno, siempre le han gustado las cosas largas y holgadas. Pero no debo hablarle de ella; sólo he de decirle que lo siento mucho por usted, que de haber podido ayudarle lo habría hecho, y que a mi juicio todos han sido muy miserables. Yo me lo temía, sabe usted; lo llevaba notando en el ambiente dos semanas antes de que ocurriese. Cuando le vi en el baile de mi suegra, tomándoselo todo con tanta calma, sentí como si estuviese usted bailando sobre su propia tumba. Pero ¿qué podía hacer yo? Le deseo todo el bien que soy capaz de concebir. ¡Dirá usted que eso no es gran cosa! Sí; han sido muy miserables; no tengo el menor temor a decirlo; le aseguro que todo el mundo lo piensa. No todos somos así. Lamento que no vaya a volver a verle; ya sabe que le estimo muy buena compañía. Se lo demostraría pidiéndole que suba al carruaje y pasee conmigo durante un cuarto de hora, mientras espero a mi suegra. Sólo que, si nos vieran (teniendo en cuenta lo que ha ocurrido, y que todo el mundo sabe que le han rechazado), podrían pensar que estoy yendo demasiado lejos, incluso para mí. Pero le veré alguna vez… en algún lugar, ¿no? Ya sabe —esto lo dijo en inglés— que tenemos un plan para una pequeña diversión.


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