El Americano

El Americano

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El carruaje volvió a hacer un alto junto al adoquinado, y ella permaneció sentada y le hizo un ademán: un ademán que tenía la gracia demostrativa de madame Urbain de Bellegarde. Newman titubeó un momento antes de obedecer a su llamada; durante ese momento tuvo tiempo de maldecir su estupidez por haber dejado que los otros se le escapasen. Había estado preguntándose cómo podía llegar hasta ellos; ¡qué necio era por no haberlos parado allí mismo y en ese preciso instante! ¿Qué mejor lugar que bajo los mismos muros carcelarios a los que habían entregado a la promesa de su felicidad? Había estado demasiado desconcertado para detenerlos, pero ahora se sentía dispuesto a esperarlos en la verja. Madame Urbain, con cierta petulancia atractiva, volvió a hacerle un ademán, y esta vez Newman se acercó hasta el carruaje. Ella se inclinó hacia afuera y le dio la mano, mirándole con afecto y sonriendo.

—Ah, monsieur —dijo—, a mí no me incluirá en su ira, ¿no? No tuve nada que ver con ello.

—¡Ah, no supongo que usted pudiese haberlo impedido! —respondió Newman en un tono que no era el de una estudiada galantería.

—Lo que dice es demasiado cierto como para que me ofenda por la parca estimación que hace de mi influencia. En todo caso, le perdono, porque parece como si acabara de ver usted a un fantasma.

—¡Así es! —dijo Newman.


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