El Americano
El Americano Newman observó sus genuflexiones y sus rotaciones con una hostilidad ceñuda y queda; parecían instigadores y cómplices de la deserción de madame de Cintré; estaban declamando y salmodiando su triunfo. Las largas y tétricas entonaciones del cura le crispaban los nervios y aumentaban su ira; había algo desafiante en esa manera ininteligible de arrastrar las palabras; parecía dirigida al propio Newman. Súbitamente, de las profundidades de la capilla, de la parte de atrás del inexorable bastidor, surgió un sonido que desvió su atención del altar: el sonido de una extraña salmodia lúgubre pronunciada por voces de mujeres. Empezó suavemente, pero poco a poco se fue haciendo más fuerte y a medida que crecía iba estando cada vez más cerca de un lamento y de un canto fúnebre. Era la salmodia de las monjas carmelitas, su única pronunciación humana. Era su canto fúnebre por los afectos enterrados y por la vanidad de los deseos mundanos. Al principio Newman se quedó perplejo —casi aturdido— por la extrañeza del sonido; después, al comprender su significado, escuchó atentamente y su corazón empezó a palpitar. Estuvo atento para ver si oía la voz de madame de Cintré, y en el corazón mismo de la disonante armonía creyó discernirla. (Nos vemos obligados a pensar que se equivocaba, en tanto que, como es obvio, madame de Cintré aún no había tenido tiempo de convertirse en miembro de la hermandad invisible). El cántico continuó, mecánico y monótono, con tétricas repeticiones y cadencias desesperadas. Era odioso, era horrible; a medida que continuaba, Newman sintió que necesitaba todo su autocontrol. Se iba agitando cada vez más; notó lágrimas en los ojos. Al fin, cuando le sobrevino con toda su pujanza el pensamiento de que este lamento confuso e impersonal era lo único que él o el mundo del que ella había desertado habrían de oír jamás de esa voz que tan dulce se le había antojado, sintió que no podía soportarlo más. Se levantó con brusquedad y se abrió paso para salir. En el umbral se detuvo, volvió a escuchar la triste tonada y después bajó al patio apresuradamente. Mientras bajaba, vio que la buena hermana de las mejillas sonrosadas y la cofia con el ribete en forma de abanico que le había dado paso estaba reunida en la verja con dos personas que acababan de entrar. Un segundo vistazo le informó de que estas personas eran madame de Bellegarde y su hijo, y de que estaban a punto de servirse de ese método de aproximación a madame de Cintré que a Newman no le había parecido sino una burla del consuelo. Mientras cruzaba el patio, monsieur de Bellegarde le reconoció; el marqués avanzaba hacia los escalones, guiando a su madre. La vieja dama también dirigió una mirada a Newman, y fue parecida a la de su hijo. Ambos rostros expresaban una turbación más sincera, algo más análogo a la humildad del desaliento lo que hasta entonces había visto Newman en ellos. Era evidente que había sobresaltado a los Bellegarde, y que no encontraron inmediatamente a mano sus majestuosos modales. Newman los adelantó a toda prisa, guiado tan sólo por el deseo de salir de los muros del convento y llegar a la calle. La verja se abrió a su llegada; dio una zancada sobre el umbral y se cerró tras él. Un carruaje, que tenía aspecto de haber estado ahí parado, estaba apartándose en ese preciso instante de la acera. Newman lo miró un momento, sin comprender; después se percató, a través de la opaca niebla que fluía ante sus ojos, de que una dama que iba allí sentada le estaba haciendo un gesto de saludo. El vehículo se había dado la vuelta antes de que la reconociera; era un antiguo landó que llevaba media capota bajada. El gesto de la dama fue muy explícito y vino acompañado de una sonrisa; una niña pequeña iba sentada a su lado. Newman alzó su sombrero, y entonces la dama le rogó al cochero que se detuviese.