El Americano

El Americano

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El domingo por la mañana, a la hora que había indicado la señora Tristram, llamó a la verja del muro desnudo. Se abrió al instante y pudo pasar a un patio limpio y de apariencia fría, más allá del cual se alzaba un edificio deslustrado y vulgar. Una lega robusta de semblante alegre emergió de una garita de portero, y, al exponerle Newman su misión, le señaló la puerta abierta de la capilla, un edificio que ocupaba el lado derecho del patio y que venía precedido de un empinado tramo de escalones. Newman ascendió por ellos y entró inmediatamente por la puerta abierta. Aún no había empezado el oficio; el lugar estaba iluminado tenuemente, y pasaron unos momentos hasta que pudo discernir sus peculiaridades. Entonces vio que se dividía en dos partes desiguales mediante un gran bastidor de hierro tupido. A este lado del bastidor estaba el altar, y entre el altar y la entrada se distribuían varios bancos y sillas. Tres o cuatro estaban ocupados por borrosas figuras inmóviles, figuras que al poco tiempo percibió que eran mujeres, profundamente absortas en su devoción. A Newman el lugar se le antojó muy frío; el olor mismo del incienso era frío. Además de todo esto había un titilar de cirios y, aquí y allá, destellos de vidriera. Newman tomó asiento; las orantes siguieron quietas y de espaldas. Vio que, al igual que él, eran visitas, y le habría gustado ver sus rostros; y es que creía que eran las afligidas madres y hermanas de otras mujeres que habían tenido el mismo valor despiadado que madame de Cintré. Pero estaban en mejor posición que él, porque al menos compartían la fe por la que esas otras se habían sacrificado. Entraron tres o cuatro personas; dos de ellas eran caballeros ancianos. Todo el mundo estaba muy callado. Newman se fijó en el bastidor que había detrás del altar. Aquél era el convento, el convento de verdad, el lugar donde estaba ella. Pero no pudo ver nada; no entraba nada de luz por las grietas. Se levantó y se acercó muy quedamente a la partición, intentando mirar a su través. Pero detrás sólo había oscuridad, sin nada que se moviese. Volvió a su sitio, y después entraró un cura con dos monaguillos y empezó a decir misa.


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