El Americano
El Americano —¡SÃ, parece usted muy tranquilo! Si tuviesen le coeur tendre, los conmoverÃa. ¡Pero no lo tienen! Sin embargo, le ayudaré aún más de lo que usted propone. El acuerdo no es que vuelva a recogerlos. Me voy al Parc Monceau con mi pequeña para pasearla, y mi suegra, que apenas viene a este barrio, va a aprovechar esta misma oportunidad de tomar el aire. Hemos de esperarla en el parque, adonde nos la traerá mi marido. SÃgame ahora; justo al otro lado de la verja me bajaré del carruaje. Siéntese en una silla en algún rincón tranquilo y se los acercaré. ¡Eso sà que es devoción! Le reste vous regarde.
Esta propuesta se le antojó a Newman enormemente feliz; avivó su ánimo decaÃdo, y reflexionó que madame Urbain no era tan gansa como parecÃa. Prometió alcanzarla inmediatamente, y el carruaje se marchó.