El Americano
El Americano El Parc Monceau es un bonito ejemplo de arquitectura de jardines, pero Newman, al entrar, hizo poco caso a su elegante vegetación, que rebosaba la frescura de la primavera. Se encontró puntualmente con madame de Bellegarde, sentada en uno de los tranquilos rincones de los que había hablado; mientras, frente a ella, en la arboleda, su pequeña, acompañada por el lacayo y el perro faldero, caminaba de arriba abajo como si estuviese recibiendo una lección de buenos modales. Newman se sentó junto a la madre, que habló mucho, al parecer con el propósito de convencerle de que —ojalá se diese cuenta— la pobre, querida Claire no pertenecía al tipo más fascinante de mujeres. Era demasiado alta y delgada, demasiado rígida y fría; su boca era demasiado ancha y su nariz demasiado estrecha. No tenía hoyuelos por ningún lado. Y además era excéntrica, excéntrica por linaje; al fin y al cabo, era una anglaise. Newman estaba muy impaciente; contaba los minutos que faltaban para que reapareciesen sus víctimas. Estaba sentado en silencio, apoyado en su bastón y posando una mirada ausente e insensible sobre la pequeña marquesa. Al cabo, madame de Bellegarde dijo que caminaría hacia la verja del parque para encontrarse con sus acompañantes; pero antes entornó los ojos y, tras juguetear un momento con el encaje de su manga, volvió a mirar hacia Newman.
—¿Se acuerda usted —preguntó— de la promesa que me hizo hace tres semanas?