El Americano

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Y entonces, como Newman, en vano consultando su memoria, se vio obligado a confesar que la promesa se le había olvidado, ella afirmó que en aquel momento él le había dado una respuesta muy extraña: una respuesta que, vista a la luz de los hechos posteriores, le daba un justo motivo para sentirse ofendida.

—Me prometió que me llevaría a Bullier después de su boda. Después de su boda: insistió mucho en eso. Tres días después, su boda se anuló. ¿Sabe usted cuál fue, cuando me enteré de la noticia, la primera cosa que me dije? «¡Cielos, ahora no irá conmigo a Bullier!». Y de verdad que empecé a preguntarme si no habría estado usted esperando la ruptura.

—Ay, querida señora… —murmuró Newman, mirando vereda abajo para ver si venían los otros.

—Seré buena —dijo madame de Bellegarde—. No hay que pedirle demasiado a un caballero que está enamorado de una mujer enclaustrada. Además, no puedo ir a Bullier mientras estemos de luto. Pero no por eso he renunciado a ello. La partie está organizada; tengo a mi caballero. ¡Con su permiso, se trata de lord Deepmere! Ha vuelto a su querido Dublín; pero dentro de unos meses bastará con que le mencione una tarde cualquiera y vendrá desde Irlanda a este efecto. ¡A eso le llamo yo galantería!


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