El Americano
El Americano Poco después, madame de Bellegarde se fue caminando con su pequeña. Newman se quedó sentado en su sitio; el tiempo se le hizo terriblemente largo. Sintió cuán vivamente su cuarto de hora en la capilla del convento había atizado las ascuas ardientes de su resentimiento. Madame de Bellegarde le hizo esperar, pero demostró que estaba a la altura de su palabra. Al fin reapareció al fondo de la vereda, con su pequeña y su lacayo; junto a ella caminaba lentamente su marido, con su madre agarrada del brazo. Estuvieron avanzando un buen rato, durante el cual Newman siguió sentado, inmóvil. A pesar de que la pasión le hacía vibrar, era una característica muy suya ser capaz de moderar sus manifestaciones, de la misma manera que habría bajado la llama de un quemador de gas. Su serenidad, astucia y premeditación genuinas, y su sumisión de toda la vida a la opinión de que todas las palabras eran actos y los actos pasos en la vida, y de que, en esta cuestión de dar pasos, lo de brincar y hacer cabriolas estaba exclusivamente reservado a cuadrúpedos y extranjeros… todo esto le advertía de que la ira legítima no guardaba la menor relación con ser un necio ni con abandonarse a la violencia espectacular. Así que cuando se puso en pie, una vez que madame de Bellegarde y su hijo se hallaron cerca de él, únicamente se sintió muy alto y ligero. Había estado sentado junto a unos arbustos, de tal manera que no se le pudiese ver a distancia; pero era evidente que monsieur de Bellegarde ya le había vislumbrado. Su madre y él seguían por su camino, pero Newman se puso enfrente y se vieron obligados a detenerse. Alzó levemente su sombrero y los miró un momento; estaban pálidos de asombro y de disgusto.