El Americano
El Americano —Muy bien —dijo la señora Tristram, con benevolencia o con cinismo, lo que se considere más probable—. Sin duda, volveré a verle.
Newman tenÃa enormes deseos de alejarse de ParÃs; se le antojaba que las luminosas calles por las que habÃa paseado en sus horas más felices, y que en aquellos tiempos parecÃan exhibir una luminosidad más intensa en honor a su felicidad, participaban ahora del secreto de su derrota y la despreciaban con actitud de brillante escarnio. IrÃa a algún sitio; poco le importaba adónde; hizo los preparativos. Entonces, una mañana, al azar, se dirigió hasta el tren que le transportarÃa a Bolonia y desde allà le despacharÃa rumbo a las costas de Gran Bretaña. Mientras rodaba el tren, se preguntó qué habÃa sido de su venganza, y fue capaz de decir que la habÃa archivado provisionalmente en un lugar muy seguro; ahà se quedarÃa hasta que fuese requerida.