El Americano

El Americano

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—Un poco —dijo la señora Tristram, volviéndose cada vez más atrevida. Newman le dirigió la única mirada de enojo que le había sido destinado dirigirle jamás, se dio la vuelta y cogió su sombrero. Ella le miró un momento, y entonces dijo—: Suena muy cruel, pero lo es menos de lo que suena. La curiosidad forma parte de casi todo lo que hago. Tenía muchas ganas de ver, primero, si un matrimonio así podía, de hecho, celebrarse; segundo, qué ocurriría si se celebraba.

—Así que usted no creía —dijo Newman con resentimiento.

—Sí, creía… creía que se celebraría, y que usted sería feliz. Si no, habría sido, con todas mis especulaciones, una criatura muy despiadada. Pero —continuó, posando la mano sobre el brazo de Newman y aventurando una sonrisa grave— ¡fue el vuelo más alto que jamás emprendió una imaginación medianamente audaz!

Poco después le recomendó que abandonase París y que viajase durante tres meses. Un cambio de escenario le haría bien, y olvidaría antes su desgracia en ausencia de los objetos que habían sido sus testigos.

—A decir verdad —dijo Newman—, me siento como si abandonarla a usted, al menos, fuese a hacerme bien… y a costarme muy poco esfuerzo. Se está usted volviendo cínica; me escandaliza y me hiere.


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