El Americano
El Americano La señora Tristram no hizo ninguna réplica inmediata, pero al cabo dijo, con una sonrisa que, en la medida en que era forzada, fingió con menos éxito que el que solÃa tener en sus labios ese tipo de sonrisas:
—¿Está usted muy seguro de que habrÃa sido feliz?
Newman la miró un momento, y después sacudió la cabeza.
—Eso que dice es endeble —dijo—; no sirve.
—Bueno —dijo la señora Tristram con un denuedo más triunfal—, pues yo no creo que hubiese sido usted feliz.
Newman soltó una risita.
—Diga entonces que habrÃa sido desdichado; es un tipo de desdicha que habrÃa preferido a cualquier felicidad.
La señora Tristram empezó a cavilar.
—HabrÃa tenido curiosidad por verlo; habrÃa sido muy extraño.
—¿Fue por curiosidad por lo que me apremió a que intentase casarme con ella?