El Americano

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Durante esta arenga, Newman no dejó de mirar a Tristram con ojos apagados; hasta ahora jamás había pensado de sí mismo que hubiese rebasado tan completamente la fase de idéntica camaradería con él. La mirada de la señora Tristram a su marido tenía más brillo; se volvió hacia Newman con una sonrisa ligeramente truculenta.

—Al menos, debe hacerle justicia al acierto con que el señor Tristram repara las indiscreciones de una esposa demasiado entusiasta.

Pero incluso sin la ayuda de los aciertos conversacionales de Tom Tristram, Newman habría empezado a pensar de nuevo en los Bellegarde. Solamente podía dejar de pensar en ellos cuando dejaba de pensar en su pérdida y su privación, y hasta ahora los días no habían aligerado sino escasamente el peso de su incomodidad. En vano le rogó la señora Tristram que se animase; le aseguró que verle el semblante la hacía muy desgraciada.

—¿Cómo puedo evitarlo? —preguntó Newman con voz temblorosa—. Me siento como un viudo… y un viudo que ni siquiera tiene el consuelo de poder quedarse junto a la tumba de su esposa… que no tiene derecho ni a ponerse una gasa de luto en el sombrero. Me siento —añadió al instante— como si mi mujer hubiese sido asesinada y sus asesinos todavía anduviesen sueltos.


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