El Americano

El Americano

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—Sabe, amigo mío, el caso es que jamás debería haberse metido en esto. No fue cosa suya, ya lo sé… fue mi esposa. Si quiere darle mano dura, yo me apartaré; le doy permiso para pegarle todo lo fuerte que quiera. Ya sabe usted que en toda su vida jamás ha oído una sola palabra de reproche por mi parte, y creo que necesita algo de ese tipo. ¿Por qué no me escuchará a mí? Ya sabe que yo no creía en ese asunto. Me parecía, como mucho, un delirio amable. No presumo de ser un don Juan o un licencioso Lotario… ese tipo de hombres, ya sabe; pero sí puedo dármelas de saber algo del sexo duro. Jamás, en toda mi vida, me ha desagradado una mujer que luego no haya salido mal. Con Lizzie, por ejemplo, no me engañé lo más mínimo; siempre tuve mis dudas respecto a ella. Piense usted lo que piense de mi actual circunstancia, al menos he de admitir que me metí en ella con los ojos bien abiertos. Imagínese ahora que se hubiese metido usted en un aprieto parecido al mío con madame de Cintré. Puede usted estar seguro de que habría sido de las duras. Y palabra de honor que no sé dónde habría encontrado usted consuelo. En el marqués, no, querido Newman; no era un hombre a quien se pudiese uno acercar para discutir las cosas de una manera amistosa y con sentido común. ¿En algún momento pareció querer tenerle a usted en casa… intentó alguna vez verle a solas? ¿Alguna vez le invitó a que fuese una tarde a fumarse un cigarro con él, o a que entrase, cuando había ido a ver a las damas, a tomarse algo? No creo que él le hubiese dado muchos ánimos. Y en cuanto a la anciana, daba la impresión de ser un trago especialmente duro. Aquí tienen una expresión buenísima, sabe usted; dicen «simpático». Todo es «simpático»… o debería serlo. Ahora bien, madame de Bellegarde es tan simpática como esa mostacera. Son una maldita panda de insensibles, en todo caso; lo noté muchísimo en aquel baile suyo. ¡Me sentía como si estuviese paseándome de arriba abajo por el Armoury, en la torre de Londres! Querido muchacho, no me considere un vulgar bruto por insinuarlo, pero no lo dude, lo único que querían era su dinero. De eso sé algo; ¡me doy cuenta de cuándo la gente quiere el dinero de uno! Por qué dejaron de querer el suyo, eso ya no lo sé; supongo que porque podían sacárselo a otro sin tanto esfuerzo. No merece la pena averiguarlo. Puede que no fuese madame de Cintré la primera en echarse atrás; es muy probable que la vieja la empujase a ello. Sospecho que ella y su madre son uña y carne, ¿eh? Se ha librado de una buena, amigo; convénzase de ello. Si me expreso con tanta vehemencia es por lo mucho que le quiero; y desde este punto de vista puedo decir que habría estado tan dispuesto a ganarme los favores de ese cacho de grandeza pálida como los del Obelisco de la plaza de la Concordia.


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