El Americano

El Americano

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Un observador dotado de buen ojo para los tipos nacionales no habría tenido ninguna dificultad para determinar el origen local de este entendido inmaduro, y sin duda ese mismo observador habría podido sentir cierto disfrute cómico ante la perfección casi ideal con que encarnaba el carácter nacional. El caballero del diván era un rotundo ejemplar de americano. Pero no sólo era un magnífico americano; ante todo era, físicamente, un hombre magnífico. Parecía poseer esa clase de salud y fuerza que, cuando se encuentra bajo su forma perfecta, es la más imponente: ese capital físico que nada hace su dueño por «mantener». Si era un cristiano musculoso, lo era sin saberlo en absoluto. Si era necesario caminar hasta un lugar remoto, caminaba, pero nunca se había visto en las circunstancias de «hacer ejercicio». No albergaba ninguna teoría respecto a los baños fríos o el uso de mazas de gimnasia; no era remero, ni fusilero, ni espadachín —nunca había tenido tiempo para estas distracciones— e ignoraba por completo que la equitación se recomienda para ciertas formas de indigestión. Por tendencia propia era un hombre moderado; si bien la noche anterior a su visita al Louvre había cenado en el Café Anglais —alguien le había dicho que era una experiencia que no se podía pasar por alto—, aun así había dormido el sueño de los justos. Su actitud y su porte habituales eran de corte bastante relajado y holgazán, pero cuando, por alguna inspiración especial, se ponía firme, parecía un granadero en pleno desfile. Nunca fumaba. Le habían asegurado —se dicen cosas así— que los cigarros eran excelentes para la salud, y era perfectamente capaz de creérselo; pero sabía tan poco de tabaco como de homeopatía. Tenía una cabeza muy bien formada, con un equilibrio torneado y simétrico entre el desarrollo frontal y el occipital, y abundante pelo castaño, lacio y un tanto seco. Su tez era morena, y el arco de su nariz enérgico y bien pronunciado. Los ojos eran de un gris claro y frío, y, a excepción de un bigote bastante poblado, iba bien afeitado. Tenía la mandíbula plana y el cuello nervudo que tan frecuentes son en el tipo americano; pero los trazos del origen nacional atañen a la expresión aún más que al rasgo, y era en este aspecto donde el semblante de nuestro amigo resultaba sumamente elocuente. Con todo, el observador perspicaz que hemos estado imaginando podría perfectamente haber apreciado su expresividad y aun así haber sido incapaz de describirla. Su expresión poseía esa típica vaguedad que no es vacuidad, esa ausencia que no es simpleza, ese aire de no estar comprometido con nada en particular, de adoptar una actitud de hospitalidad general ante las oportunidades de la vida, de disponer enteramente de uno mismo, tan característico de muchos rostros americanos. Era sobre todo la mirada de nuestro amigo la que contaba su historia; una mirada en la que inocencia y experiencia se fundían de modo singular. Estaba llena de señales contradictorias; y aunque bajo ningún concepto era el astro ardiente de un héroe novelesco, se podía encontrar en ella casi todo lo que se buscase. Fría y aun así amistosa, franca pero cauta, astuta pero crédula, positiva pero escéptica, segura pero tímida, en extremo inteligente y en extremo jovial, había algo vagamente desafiante en sus concesiones y algo profundamente tranquilizador en su reserva. El corte del bigote de este caballero, junto con las dos arrugas prematuras en la parte superior de la mejilla y el estilo de su atuendo, en el que una pechera expuesta y un fular cerúleo desempeñaban quizá un papel demasiado prominente, completaban las condiciones de su identidad. Quizá nos hayamos acercado a él en un momento que no es especialmente favorable; no está, ni mucho menos, en pose de retrato. A pesar de estar lánguidamente repantigado y un tanto perplejo ante la cuestión estética, y de ser culpable del reprobable error (como nos hemos enterado hace poco) de confundir el mérito del artista con el de su obra (y es que admira la Madonna bizca de la joven del peinado amuchachado porque la propia joven le parece singularmente atractiva), la perspectiva de conocerle resulta bastante prometedora. Firmeza, salud, jocosidad y prosperidad parecen estar a su alcance; es a todas luces un hombre práctico, pero las ideas, en su caso, tienen imprecisos y misteriosos confines que invitan a la imaginación a activarse en beneficio propio.


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