El Americano
El Americano Mientras la pequeña copista seguía con su trabajo, lanzaba de cuando en cuando una mirada de interés hacia su admirador. El cultivo de las bellas artes parecía exigir, a su juicio, un gran despliegue escénico, un frecuente apartarse con los brazos cruzados inclinando la cabeza de un lado a otro, un acariciarse el hoyuelo de la barbilla con una mano delicada, un suspirar y fruncir el ceño y dar golpecitos con el pie, un buscar a tientas horquillas nómadas entre los mechones revueltos. Estas actuaciones iban acompañadas de una mirada inquieta, que se posaba más rato sobre el caballero que hemos descrito que sobre ningún otro lugar. Por fin, súbitamente éste se levantó, se puso el sombrero y se acercó a la joven. Se colocó frente a su cuadro y lo miró unos instantes, durante los cuales ella fingió no darse cuenta de su inspección. Entonces, dirigiéndose a la joven con la única palabra que constituía el fuerte de su vocabulario francés y alzando un dedo con un ademán que le parecía que aclaraba su significado, preguntó con brusquedad:
—Combien?
La artista le miró de hito en hito por un momento, hizo un pequeño mohín, se encogió de hombros, dejó a un lado la paleta y los pinceles y empezó a frotarse las manos.
—¿Cuánto? —dijo nuestro amigo, en inglés— Combien?
