El Americano
El Americano Se quedó en Inglaterra hasta mediados del verano, y pasó un mes en el campo vagando por catedrales, castillos y ruinas. En varias ocasiones, en paseos que le llevaban desde su posada hasta parques y praderas, hizo un alto junto a un desvencijado portillo, contempló a través del temprano atardecer la torre gris de una iglesia, rodeada de golondrinas que giraban en una densa aureola negruzca, y recordó que esto podría haber formado parte de la diversión de su luna de miel. Jamás había estado tanto tiempo solo ni se había entregado tan poco a diálogos casuales. El período de recreo fijado por la señora Tristram al fin había llegado a su término, y se preguntó qué debía hacer ahora. La señora Tristram le había escrito proponiéndole que se reuniese con ella en los Pirineos, pero Newman no estaba de humor para volver a Francia. Lo más sencillo sería dirigirse a Liverpool y embarcarse en el primer vapor americano. Newman se encaminó hacia el gran puerto de mar y reservó su litera; y la noche antes de zarpar se quedó en la habitación de su hotel, con la mirada, ausente y cansina, clavada en una maleta abierta. Sobre ella yacía un montón de papeles que había tenido intención de revisar; algunos podían ser destruidos con toda comodidad. Pero al fin los revolvió bruscamente y los metió en un rincón de la maleta; eran papeles de negocios, y no estaba de humor para examinarlos. Después sacó su billetera y extrajo un papel de menor tamaño que aquellos que había desestimado. No lo desdobló; se limitó a quedarse mirando el dorso. Si por un momento había abrigado la idea de destruirlo, la idea pronto expiró. Lo que el papel sugería era la sensación que reposaba en lo más profundo de su corazón y que ninguna alegría renacida era capaz de sofocar por mucho tiempo: la idea de que, al fin y al cabo y por encima de todo, era un buen tipo agraviado. La idea venía acompañada de una vigorosa esperanza en que los Bellegarde estuviesen disfrutando de su incertidumbre respecto a lo que aún le quedaba por hacer. ¡Cuanto más se prolongase, más la disfrutarían!, sí, en una ocasión había tardado en disparar; quizá, en su extraño estado de ánimo actual, volviese a tardar en disparar. Pero restituyó el papelito a su billetero con suma ternura, y se sintió mejor al pensar en la incertidumbre de los Bellegarde. En ocasiones sucesivas habría de sentirse mejor cada vez que pensaba en ello, mientras iba surcando los mares veraniegos. Desembarcó en Nueva York y viajó a través del continente hasta llegar a San Francicso, y nada de lo que observó por el camino contribuyó a mitigar su sensación de que era un buen tipo agraviado.