El Americano
El Americano Vio a muchos buenos tipos más —sus viejos amigos—, pero a ninguno le contó la jugarreta que le habían hecho. Se limitó a decir que la dama con la que se iba a haber casado había cambiado de opinión, y cuando le preguntaban si también él la había cambiado, contestaba: «Qué tal si cambiamos de tema». Les dijo a sus amigos que no había traído a casa «ideas nuevas» de Europa, y su conducta probablemente se les antojó una prueba elocuente de una inventiva en decadencia. No tenía interés en charlar sobre sus asuntos y no manifestaba ningún deseo de revisar sus cuentas. Hizo media docena de preguntas que, como las de un médico eminente que pregunta por síntomas concretos, demostraban que aún sabía de qué estaba hablando; pero no hizo comentarios ni dio instrucciones. No sólo desconcertó a los caballeros de la Bolsa de valores, sino que él mismo se sorprendió del grado de su indiferencia. Como ésta sólo parecía ir en aumento, hizo un esfuerzo por combatirla; intentó interesarse y retomar sus antiguas ocupaciones. Pero le parecían irreales; hiciera lo que hiciera, por alguna razón no conseguía creer en ellas. A veces empezaba a temer que le estuviese pasando algo a su cabeza; que quizá su cerebro se hubiese reblandecido y hubiese llegado el fin de su enérgica actividad. La idea retornaba con una fuerza exasperante. Un holgazán incurable y desvalido, útil para nadie y detestable a sus propios ojos: en esto le había convertido la traición de los Bellegarde. En su inquieta ociosidad volvió de San Francisco a Nueva York, y durante tres días estuvo sentado en el vestíbulo de su hotel contemplando a través de una enorme pared de vidrio cilindrado el incesante desfile de muchachas bonitas vestidas al estilo de París, que pasaban cimbreándose con pequeños paquetes abrazados a sus elegantes figuras. Al cabo de tres días volvió a San Francisco, y nada más llegar deseó haberse quedado lejos. No tenía nada que hacer, sus ocupaciones habían desaparecido y se le antojaba que no volvería a encontrarlas jamás. No tenía nada que hacer aquí, se decía a veces para sus adentros; pero al otro lado del oceáno todavía tenía algo que hacer; una cosa que había dejado inconclusa de manera experimental y especulativa, para ver si podía quedarse satisfecha con su estado de inacabamiento. Pero la cosa en cuestión no estaba satisfecha: tiraba sin cesar de las fibras de su corazón y le martilleaba la cabeza; le murmuraba en los oídos y revoloteaba continuamente ante sus ojos. Se interponía entre todo nuevo propósito y su realización; parecía un terco fantasma suplicando mudamente que le enterrasen. Hasta que no lo hiciera, jamás sería capaz de hacer nada más.