El Americano

El Americano

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De haberlo pronunciado en voz alta, habría dicho que no quería hacerles daño. Le avergonzaba haber querido hacerles daño. Ellos le habían herido, pero en realidad este tipo de cosas no era para nada el juego de Newman. Al fin se puso en pie y salió de la iglesia, más oscura por momentos; no con el paso elástico de un hombre que ha ganado una victoria o que ha tomado una resolución, sino paseándose serenamente, como un hombre de natural bondadoso que aún sigue un poco avergonzado.

Al llegar a casa, le dijo a la señora Bread que tenía que molestarle pidiéndole que volviese a meter sus cosas en la maleta que había deshecho la noche anterior. Su gentil ama de llaves le miró con ojos una pizca empañados.

—Dios mío, señor —exclamó—, pensé que había dicho que se iba a quedar para siempre.

—Quise decir que me iba a quedar fuera para siempre —dijo benévolamente Newman. Y, en efecto, desde su partida de París al día siguiente no ha regresado. Los apartamentos dorados de los que tanto he hablado están listos para recibirle; pero tan sólo sirven de espaciosa residencia para la señora Bread, que, en su eterno errar de habitación en habitación, va ajustando las borlas de las cortinas, y guarda sus honorarios, que puntualmente le trae el empleado de un banquero, en un gran jarrón de Sèvres rosa que está sobre la repisa de la sala de estar.


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